INTRODUCCIÓN
Para la mente humana, todo aquello que
existe posee una estructura; para los sentidos, todo lo perceptible tiene
forma. Estructura y forma son productos de la constante comunicación entre el
ser y el universo; son conocimiento e información particulares de los
componentes, relaciones, contornos, masa, proporción y cualidades de los
cuerpos existentes; son el ordenamiento mental y material de elementos
significativos dentro de la experiencia humana.
Aquello
que carece de estructura definida es un fenómeno perceptual o imaginario que
sólo posee forma tangible o posible. Aquello que carece de forma, no existe
para el ser humano; puede estar dentro de lo desconocido, lo imperceptible; la
nada. No está ni dentro de lo habitual ni dentro de lo posible. Es la
anti-forma.
La
forma es el límite espacio-temporal de cuerpos y conceptos. Desde el mínimo
elemento o partícula hasta el máximo universo, la forma define límites y
establece contornos; otorga identidad y comunicabilidad a cuerpos y conceptos.
La forma es producto de la capacidad para aprehender perceptualmente el
universo y elaborar imágenes significativas y es el resultado de las
necesidades de rehacer el universo mediante transformaciones que generan nuevos
cuerpos y conceptos, con un desempeño asignado del propósito o la finalidad,
con un significado particular y una apariencia definida.
El arquitecto muchas veces se dirige hacia
la estructura a través de la forma; pero el arquitecto creativo se dirige hacia
la forma a través de la estructura, no con carácter exclusivo sino como un
alternar de estados de relación. El ser científico-creativo es aquel ideal que
antaño representaron Leonardo y Miguel Angel. El ser comprometido necesita
conocer la estructura y transformar la forma de su universo. La especialización
ha llevado a disociar en nosotros el interés científico y el afán creativo. En
el futuro se deben integrar en el balance de la actitud objetiva y distante del
científico y la actitud compasiva y expresiva del creador, en todos los
aspectos de la existencia humana.
Antiguamente,
se construía con mampostería y madera con métodos artesanales, que tenían una
tradición secular. Las posibilidades contenidas eran limitadas y los sistemas
de ejecución fueron posteriormente los mismos durante largo tiempo. Todo esto
debe estar relacionado con el hecho de que salieran a la luz, pocos, pero muy
definidos y característicos, estilos arquitectónicos. Dentro de este marco
técnicamente limitado, el diseñador exterior, generalmente muy despierto y
estrechamente ligado al arte de la profesión, hacía posible una variedad
asombrosa.
Con
base en la ilustración nacida en Francia y como efecto de la Revolución Industrial ,
se introdujeron en la construcción los conocimiento de las ciencias naturales y
nuevos materiales, abriendo nuevas posibilidades técnicas y estructurales. El
ámbito y diferenciación de los conocimientos necesarios se incrementaron de
modo que tuvo que llegarse de esta tarea a la formación de especialidades, la
propia del arquitecto, predominante
diseñador, y la propia del ingeniero, responsable de la estabilidad y
parte estructural.
Esta
“especialización”, sin embargo, corresponde más a las diferentes aptitudes de
las personas que a una repartición lógica para solucionar las complejas tareas
en el campo de la construcción. Entre otras, esta solución tiene el peligro de
que los conocimientos propios de los ingenieros y de los arquitectos estén tan
poco relacionados que no puedan alcanzarse resultados óptimos en la ejecución y
diseño de los diferentes tipos de construcciones.
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